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Laure

Rompamos el ciclo Compra-Usa-Bota-Repite

Voy al supermercado y compro leche. Llego a casa y me tomo la leche. Boto la caja a la basura. Vuelvo al supermercado a comprar más leche. Claro que les suena familiar este ciclo y probablemente les parece muy inofensivo. ¿Qué margen de mejora podría tener haciendo en forma distinta algo tan usual? Imaginen que compre doce cajas en lugar de seis para evitarme un viaje en auto al supermercado. Que no bote el conchito de leche que queda sino que lo use en reemplazo de otro ingrediente en una receta (por ejemplo del agua para hacer pan o sopa de zapallo, o del huevo para dorar empanadas). Y que bote la caja en el tacho de reciclaje “Tetrapack” del estacionamiento del mismo supermercado donde vuelva a compra. Mejor aún, que la recicle como macetero, o aislante en las casas de perros del refugio dónde hago voluntariado. Tremendo margen de mejora, ¿cierto?

En todos los actos cotidianos de consumo, hasta los más comunes podemos hacer más para nosotros, para nuestra billetera y para el planeta.

Nuestra economía de consumo está basada en el ciclo “Compra-Usa-Bota-Repite”: lo que compramos y usamos a diario está diseñado para ser botado, desde los bienes de consumo más básicos hasta la tecnología más avanzada (según el principio productivo de obsolescencia programada). Claro, logramos reciclar algunos de estos bienes, pero la inmensa mayoría termina en un basural o en el mar. El gran desafío para los manufactureros del siglo XXI es lograr manufacturar bienes que puedan ser desensamblados y reciclados para volver a ser materia prima de un nuevo proceso productivo. Es lo que los economistas llaman la “economía circular”. Piensen en el ciclo natural de la naturaleza: el bosque recicla hojas muertas y agua de lluvia para generar nutrientes y crecer sin desperdicios, y luego volver a botar hojas y humedad. En el proceso incluso genera externalidades positivas, intercambiando CO2 por O2.

Tomemos la naturaleza como modelo de desarrollo, exigiendo de los manufactureros y detallistas productos no sólo reutilizables, sino que mejorables, reparables y reciclables; de las entidades públicas políticas no sólo ambiciosas sino que aplicables a través de una efectiva fiscalización; y de nosotros mismos una consciencia clara de lo finito que son  los recursos de esta tierra y la capacidades de ésta de absorber nuestra basura.

Con gestos pequeños todos contribuimos. Lleven sus propias envases reciclables y aprendan a decir “No” a las bolsas de plástico en la feria y el supermercado, a las bandejas de poliestireno en el mesón de fiambres y quesos, o a los vasos desechables en su cafetería favorita.

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